miércoles, 27 de marzo de 2024

EL NÚMERO TRES, PROTAGONISTA ESENCIAL EN LOS EVANGELIOS

 



Cualquiera que haya leído los cuatro evangelios canónicos caerá en la cuenta de las numerosas contradicciones existentes, de los errores geográficos, de ver que los personajes no coinciden en las mismas escenas y que solamente el versículo que trata sobre la entrada triunfal en Jerusalén viene a ser de lo más concordante en todos ellos. Pero, independientemente de su mensaje, es innegable la calidad literaria que tienen y la construcción sobre tramas internas basadas en la numerología, elemento que a posteriori  sería fundamental en la cábala judía. Estos escritos no podían provenir de cuatro ignorantes pescadores o campesinos galileos, por muy seguidores o discípulos que fueran de Jesús. Se percibe que tienen altos conocimientos filológicos, que escriben en griego "koiné", a pesar de ser judíos que viven alejados de Israel, probablemente en Alejandría. La excepción podría ser el denominado Lucas,  que posiblemente fuera griego. En referencia al cuarto evangelio, los expertos aluden a una especie de taller de escribas situado en una comunidad judeo-cristiana de Éfeso. A pesar de sus innumerables cortes, de su reducido vocabulario, de la configuración que hace de Jesús, el evangelio de Juan quizás sea el más estimado y leído en los sermones litúrgicos por su gran espiritualidad.


   Todos estos escritos tienen en común una cosa: la pasión y muerte del protagonista Jesús. Los eruditos siempre se preguntaron lo mismo: ¿qué veracidad histórica tienen estas obras? Desde Reimarus hasta el presente, la opinión generalizada ha sido más bien pesimista. Eso sí, casi todos coinciden en etiquetarlos como una especie de propaganda de fe religiosa en torno a un Mesías convertido en Dios. ¿Y quién habló primero de ese Mesías-Dios?  Un personaje  griego, llamado Saúl de Tarso, quien nunca  había conocido al Jesús que anduvo por los polvorientos caminos de Galilea. Lo más misterioso del asunto, es que antes de Saúl, nadie había escrito nada acerca del Nazareno, ninguno de sus contemporáneos, ni siquiera aquellos que fueron junto a él. ¿Cómo se explica ese vacío?   Y el propio Saúl de Tarso, que luego será conocido como san Pablo, escribe no de ese Jesús de Galilea, que fuera sanador y exorcista, que hablaba de un Reino que ha de llegar antes que pase esta generación (en clara referencia a la suya, en el siglo I); Pablo transmite la idea de un Cristo celestial, evanescente, etéreo; nada que ver con el Jesús de la historia, el carpintero que sacara horas al sueño para estudiar la Torá,  un rabino que al final de sus días fue proclamado por los suyos como el Mesías de Israel.

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